Salíamos una vez más con las mochilas a cuestas, una más de tantas veces que lo habíamos hecho durante ese último año. Ya podemos decir que somos expertos en el arte de hacer y deshacer mochilas en tiempo récord; la práctica te hace maestro, como dice el refrán.
Nos desplazábamos de nuevo, siempre con esa ilusión intacta de conocer lo desconocido, de sumar experiencias y de seguir explorando mundo, que es, al fin y al cabo, a lo que habíamos venido. Esta vez le tocaba el turno a Split, la segunda ciudad más grande de Croacia y el corazón de la Costa Dálmata. Prometedor cuanto menos.
Un viaje por la Costa Dálmata: un paisaje de cine
Nuestro itinerario nos llevaba desde la isla de Pag hasta Zadar, para desde allí coger otro autobús que conducía por todo el litoral de la costa croata hasta Split. Tuvimos bastantes esperas entre autobuses y pasamos casi todo el día de transporte en transporte. Pero no importaba; ahí fuera llovía a mares y tampoco es que apeteciera mucho estar callejeando.
El paisaje, además, era para disfrutarlo desde la primera fila de un asiento, como si de la pantalla de un cine se tratara. Si a eso le pones tu propia banda sonora con los auriculares, se disfruta incluso más. La Costa Dálmata es de película, no me lo habría esperado así ni en el más lejano de mis pensamientos.
Y lo de cine no lo digo por hablar: la famosa serie Juego de Tronos grabó por estas tierras gran parte de sus localizaciones (especialmente en Dubrovnik y en la propia Split). Es increíble la de cosas bonitas que tenemos en Europa tan cerca; a veces la ignorancia hace que nos vayamos a destinos muy lejanos cuando, a lo mejor, lo que estás buscando lo tienes a la vuelta de la esquina.
Llegada a Split y el arte del regateo
Tras el bonito y largo trayecto llegamos a la bulliciosa estación de autobuses de Split. Nada más bajarnos, varios lugareños que ofrecían sus propios alojamientos se disputaban a los recién llegados. Éramos nosotros y algún guiri más; muy pocos clientes para tanto ofrecimiento.
En esas situaciones nos lo ponen fácil: basta con pedir precio y dejar caer que vas a preguntar a otro para conseguir una buena tarifa. Al decir que vas a escuchar más ofertas, enseguida te bajan el precio unas cuantas kunas (la antigua moneda local, ya que actualmente Croacia funciona con el euro, ¡pero el espíritu de negociar sigue vivo!). Trato hecho. Elegimos un apartamento en pleno centro de Split, justo a unos pasos de la ciudad vieja: una ubicación perfecta.
Nuestro anfitrión agarró la mochila de Perrine y nos dijo que le siguiéramos. Difícil tarea cuando el hombre se creía el Fermín Cacho croata; en mi vida me había costado tanto seguirle el ritmo a alguien por la calle.
Una vez en el estudio, el buen hombre nos lo explicó todo con su limitado y gracioso inglés. Nos contó que en esa época (viajamos en octubre) tenían muy pocos clientes. La temporada baja hace mella en los que viven del turismo; sin embargo, también nos advirtió de que en verano es complicadísimo encontrar alojamiento en Split porque está todo solicitadísimo. Era un estudio ideal, con su cocina, su mini baño (literalmente podías estar sentado en el váter, lavarte los dientes y mojarte los pies en la ducha a la vez), televisión… Mucho más de lo que necesitábamos por un precio muy aceptable. Creo que ya lo he dicho, pero por si acaso lo repito: qué gran acierto es viajar por aquí en temporada baja.
🛏️ Dónde alojarse en Split
Si estás planeando tu ruta por la Costa Dálmata, mi recomendación absoluta es que busques algo cerca del centro histórico pero fuera de las murallas. Estarás a unos minutos andando de todo lo importante y de la estación de autobuses, pero evitarás los precios prohibitivos y el tener que cargar con las mochilas (o maletas) por calles empedradas llenas de escalones.
Primer contacto con el casco antiguo
Era ya de noche y, a esas alturas de octubre, oscurecía cada día más pronto. Nos metimos de lleno en el casco antiguo. «Precioso» es lo primero que se me viene a la cabeza para describirlo, e «impresionante» lo bien preservado que está todo. Tanto que te hace sentir como si caminaras por la mismísima época romana. De primera mano, nos pareció incluso más especial que Zadar.
Todo está perfectamente iluminado, ni mucho ni poco, lo justo para darle un toque mágico y llamativo. De los monumentos y las ruinas ya nos encargaríamos al día siguiente para empaparnos bien de su historia. En la plaza principal (el Peristilo), donde hay unos amplios escalones de piedra en los que sentarse, un cantante tocaba la guitarra dando un pequeño concierto al aire libre. Fue el momento perfecto para sentarse, relajarse y disfrutar de la música y las vistas. De vez en cuando pasaba un camarero ofreciendo bebidas de las terrazas cercanas, y alguna cayó.




Aquella noche cocinamos la cena en el estudio. Aprovechamos el horno que teníamos para preparar unas patatas y calabaza asada; hay que exprimir al máximo esos pequeños lujos cuando se dispone de ellos mientras se viaja, y para nosotros un horno lo era. También se aprovecha para comer más sano.
Qué ver en Split: descubriendo el Palacio de Diocleciano
A la mañana siguiente nos dirigimos de nuevo al casco antiguo para descubrirlo en condiciones y con todos los monumentos abiertos. Empezamos entrando por la puerta norte. Allí mismo nos topamos con la gigantesca estatua de Gregorio de Nin (Grgur Ninski), un obispo medieval croata que se opuso al mismísimo Papa al introducir la lengua croata en los oficios religiosos, ya que el latín no lo entendía el pueblo. Fue un paso gigante para el idioma croata y la cultura eslava en general.
Existe la tradición de que tocar el dedo gordo del pie de esta estatua trae suerte (y se puede comprobar perfectamente por lo desgastado y descolorido que está de tanto manoseo). Aunque sepamos que son «cosas de guiris», siempre hay que tocar por si acaso, ¿no? He tocado tantas cosas que traen suerte a lo largo de mis viajes que ya me deberían haber tocado al menos cuatro números de la lotería… habrá que ir acumulando a ver si algún día suena la flauta.

Desde la estatua entramos al Palacio de Diocleciano cruzando la atractiva Puerta de Oro, decorada con columnas y arcos que dan paso a las múltiples callejuelas de estilo romano que forman la ciudad vieja. El nombre se lo debe al antiguo emperador romano Diocleciano, que lo mandó construir allá por el siglo IV d.C., casi nada. El palacio fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en los años 70. Como curiosidad histórica de su importancia, su imagen aparecía en el reverso de los antiguos billetes de 500 kunas.
Nos pareció buena idea visitar un museo en Split; queríamos conocer mejor la historia que nos llamaba a gritos a través de sus edificios. Para ello paramos en el Museo de la Ciudad (Muzej Grada Splita), que alberga una fantástica colección de piezas de la época romana y donde te explican al detalle la evolución de Split. No tiene desperdicio.

Subida a la catedral de San Domnio y los secretos del subsuelo
Seguimos la ruta hasta la parte más espectacular del complejo, donde se encuentran los edificios más llamativos. Allí se alza el Templo de Júpiter, el magnífico Protiron (que servía de entrada al distrito imperial) y el indiscutible emblema que se ve desde casi cualquier punto de la ciudad: la catedral de San Domnio (Sveti Duje).
Pagamos una pequeña entrada (al menos cuando fuimos nosotros) y subimos a su torre por unas largas y empinadas escaleras. Las vistas desde ahí arriba son sencillamente espectaculares y merecen cada gramo de esfuerzo, aunque el principal reto es la cantidad de gente que piensa lo mismo: las escaleras son muy estrechas y es complicado cruzarse con los viajeros que van bajando. Desde la cima pudimos contemplar toda la panorámica de Split y el mar Adriático, con los barcos entrando y saliendo hacia sus innumerables islas.




Cruzando el Protiron se llega a una zona subterránea que hoy alberga un mercado de recuerdos algo turístico. Este lugar es conocido como el Vestíbulo y presume de tener una acústica brutal; de hecho, a menudo se pueden escuchar aquí a grupos locales cantando a capela.
Siguiendo hacia adelante, por debajo del suelo, se llega a los sótanos del palacio. Cuenta la historia de que el emperador Diocleciano, preso de la paranoia y el miedo a ser traicionado, dormía cada noche en una habitación diferente para evitar posibles asesinatos. También utilizaba la increíble acústica de estos sótanos para oír el más mínimo eco si alguien intentaba colarse, dándole tiempo a reaccionar ante una posible incursión.



Planificando las islas desde el puerto de Split
Split es el puerto principal desde donde parten la gran mayoría de los barcos públicos (tanto ferries como catamares) hacia las islas de los alrededores. La compañía reina para estos trayectos es Jadrolinija que, a tener en cuenta, en temporada baja disminuye notablemente sus frecuencias.
Fuimos directos a informarnos a las taquillas del puerto para ver cómo ir a la isla de Brač. Los horarios no eran perfectos —lo ideal habría sido salir muy temprano por la mañana y regresar a última hora de la tarde-noche—, así que tuvimos que ingeniárnoslas para cuadrar el itinerario de la mejor forma posible. No ayudaba mucho para explorar las islas a nuestro aire, pero planificándolo bien se puede hacer sin problemas. Decidimos que al día siguiente iríamos a Brač en un viaje de ida y vuelta, y al día posterior ya nos moveríamos con las mochilas a cuestas en dirección a la isla de Hvar, un lugar muy turístico y conocido por ser destino de muchos famosos, por lo que miraríamos antes los precios de los alojamientos por internet.

Cuando volvíamos del puerto hacia el centro, el cielo se rompió y empezó a llover con muchísima fuerza y viento. Caminar así por las estrechas calles de la ciudad amurallada se volvió una odisea, ya que de los canalones caían unos buenos chorros de agua. Acabamos empapados, pero aun así pudimos echar un vistazo a varias plazas que teníamos pendientes.
Fuera de las murallas, Split también tiene zonas muy interesantes, como su largo y moderno paseo marítimo (el Riva) lleno de vida, bares y restaurantes; o Marmontova, la típica calle comercial que desemboca en la plaza Gaje Bulata, muy cerca de la hermosa y monumental plaza de la República, la zona por la que teníamos nuestro estudio. Volvimos al apartamento bastante calados de agua; con esa tormenta no se podía hacer mucho más.

El monte Marjan: el pulmón verde de Split
A la mañana siguiente, como teníamos unas horas libres antes de que saliera nuestro barco hacia Brač, decidimos subir al monte Marjan, el auténtico pulmón verde de la ciudad. Es un monte no muy alto al que se accede a través de unas largas y casi interminables escaleras de piedra que comienzan desde el final del propio paseo marítimo.
En Marjan existen diferentes senderos, miradores fotogénicos e iglesias ancestrales escondidas entre los pinos. Estuvimos disfrutando de las vistas desde su mirador principal, desde donde se contempla una panorámica preciosa del puerto y la costa. No nos adentramos demasiado porque el reloj corría y teníamos que regresar a por las mochilas para coger el barco, pero fue una escapada perfecta para desconectar de la ciudad, respirar naturaleza y estirar las piernas antes de navegar.


En la siguiente entrada os hablará de un nuevo capítulo de nuestro paso por Croacia, sus famosas islas. ¡No te pierdas nuestra interesante experiencia!
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Post anterior del viaje: Zadar y la Isla de Pag, entrada a la Costa Dálmata pasada por agua
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